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sábado, 22 de enero de 2011

Fabrican un ADN artificial que mantiene vivas a las células.

El pasado mes de mayo, se hizo público un avance alcanzado por científicos del Instituto J. Craig Venter, de Estados Unidos, en el terreno de la biología sintética, una disciplina que consiste en la síntesis de biomoléculas o ingeniería de sistemas biológicos con funciones nuevas que no se encuentran en la naturaleza.

Lo que los investigadores norteamericanos consiguieron entonces fue que un genoma sintético, creado por ellos mismos mediante síntesis química, controlase las funciones de una célula bacteriana.
 
Michael Hecht en su laboratorio. Fuente: Universidad de Princeton.
Michael Hecht en su laboratorio. Fuente: Universidad de Princeton.

Secuencias rescatadoras

En concreto, los científicos sustituyeron el genoma de la bacteria Mycoplasma capricolum por otro sintético con la secuencia del de la especie Mycoplasma mycoides. Como consecuencia, la primera bacteria comenzó a auto-replicarse como la segunda.

Ahora, otro equipo de investigadores, en este caso de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, dirigidos por el profesor de química de dicha universidad Michael Hecht, ha dado un paso más en este terreno.

Estos investigadores han conseguido demostrar que secuencias de ADN diseñadas en laboratorio y distintas de cualquier otra secuencia encontrada en la naturaleza pueden “rescatar” a algunas células, al producir proteínas que sostienen la vida de la misma manera que las produce la naturaleza, publica la Universidad de Princeton en un comunicado.

Según explica Hecht, estas secuencias de ADN sustitutas no fueron aleatorias sino que se diseñaron intencionadamente para su inserción en células que habían perdido genes necesarios para la supervivencia celular, en entornos poco favorables.

Cuatro cepas supervivientes

Según se explica en la revista Scientificamerican, Hecht y sus colaboradores utilizaron para su estudio 27 cepas de una famosa bacteria que se encuentra generalmente en los intestinos humanos: la Escherichia coli.
Estas cepas carecían de genes responsables de su supervivencia en ciertas condiciones, incluidas las de alimentación limitada. Los investigadores introdujeron en las células de la Escherichia coli más de un millón de secuencias de ADN sintético, cada una de ellas para la codificación de una proteína.

Según Hecht, era de esperar que: “si le dábamos a las células una oportunidad de escoger uno de nuestros genes, y si ese gen les permitía sobrevivir bajo las condiciones establecidas, entonces esas células formarían una colonia en la que el resto de células vecinas (que no contaban con el ADN sintético) morirían”.

Efectivamente, después de varios días de incubación, cuatro cepas experimentales individuales habían formado colonias, mientras que las células de un grupo de control habían perecido.

Los científicos comprobaron posteriormente estos resultados, con el fin de asegurar que las células supervivientes habían sobrevivido gracias al gen incorporado, y que la supervivencia no era resultado de mutaciones de adaptación en los cromosomas originales.

Para ello, purificaron el ADN de las nuevas colonias e insertaron en él nuevas células con la misma ausencia genética original.

Nuevas herramientas para la vida

“Hicimos esto una y otra vez para asegurarnos de que el fenotipo (expresión del genotipo en un determinado ambiente, en este caso, “capacidad de supervivencia”) era producto del genotipo que nosotros habíamos colocado en las células”, afirma Hecht. Los resultados confirmaron que el gen sintético incorporado fue el causante de la supervivencia de las células.

Los científicos aún no han podido establecer el proceso por el cual las células sobrevivieron. Se cree que el mecanismo que mantuvo viva a las células podría ser completamente diferente a los mecanismos hasta ahora conocidos.

Hecht señala que experimentos destinados a elucidar dicho mecanismo están en camino y que resultarán “verdaderamente importantes”. Su descubrimiento podría servir para acercarnos más a la creación de vida artificial, constituida por sistemas vivos generados con elementos no derivados de la naturaleza, sino diseñados y sintetizados en laboratorio.

Otra de las cuestiones clave pendientes sobre el genoma artificial sería la siguiente: ¿Podríamos mantener la vida con herramientas completamente nuevas? La investigación de Hecht y sus colaboradores se centra ahora en tratar de responder a estas cuestiones.

Fuente :  
 
De Novo Designed Proteins from a Library of Artificial Sequences Function in Escherichia Coliand Enable Cell Growth , http://www.plosone.org/article/info:doi/10.1371/journal.pone.0015364
 
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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Autismo y mitocondrias.



 
El autismo es un fenómeno desconcertante. En su forma más pura es una incapacidad de comprender las respuestas emocionales de los otros que se aprecia en personas que, por lo demás, tienen una inteligencia en la media y, algunas veces, por encima de la media. Sin embargo, se le asocia a menudo con otros problemas, y puede aparecer en formas leves o severas. Esta variabilidad ha llevado a muchos especialistas a pensar que estamos ante un espectro de síntomas, el espectro autista, más que ante un síndrome claro y bien definido, con los límites dados por el autismo de Kanner y el síndrome de Asperger. Esta misma variabilidad es lo que hace tan complicado averiguar qué lo causa.
Hay pruebas de que existe una influencia genética, pero no se ha conseguido establecer un patrón de herencia. La idea de que la causa subyacente pueda ser hereditaria, sin embargo, es una razón para desacreditar la hipótesis , que alcanzó notoriedad hace algunos años pero que está ahora descartada, de que las vacunas para el sarampión causan el autismo.
Una hipótesis que resurge de vez en cuando es que el proceso que desemboca en el autismo tiene que ver con mitocondrias defectuosas. La mitocondria es la central energética de la célula. En ellas se descomponen las moléculas de azúcar y se convierte la energía liberada en adenosín trifosfato, ATP, una molécula que la maquinaria bioquímica puede usar. Los defectos en las mitocondrias podrían estar causados por genes rotos, por efectos ambientales o por una combinación de ambos.
Las células nerviosas tienen una alta demanda de energía, por lo que un fallo de la mitocondria afectaría con toda certeza a su funcionamiento. La pregunta entonces es, ¿podría causar el autismo? Para intentar averiguarlo el equipo de Cecilia Giulivi, de la Universidad de California en Davis, estudió [1] las mitocondrias de diez niños de entre dos y cinco años a los que se les había diagnosticado autismo. Publican sus resultados en el Journal of the American Medical Association.
Como no era cuestión de extraerles neuronas a los niños para un estudio como este, los investigadores usaron linfocitos, células del sistema inmune que también usan mucha energía y por tanto dependen marcadamente del funcionamiento correcto de las mitocondrias, y que se obtienen mediante una simple extracción de sangre.
Los niños del estudio fueron seleccionados al azar de entre los participantes en un estudio anterior sobre el autismo. Para cada niño autista se buscó uno sano de características parecidas (edad, etnia, etc.), para que actuase de control. Los investigadores encontraron que las mitocondrias de los niños con autismo consumían mucho menos oxígeno que las del grupo de control. Esto es una señal de baja actividad. Un importante conjunto de enzimas, las NADH-oxidasas, usaban en los niños autistas, en promedio, sólo un tercio de del oxígeno que usaban en los no autistas, y ocho de los niños autistas tenían niveles de actividad de las NADH-oxidasas significativamente menores de lo habitual.
Las mitocondrias de los niños autistas también dejaban escapar productos ricos en oxígeno perjudiciales, como el peróxido de hidrógeno. Estos productos son subproductos normales de la actividad mitocondrial, pero son eliminados por enzimas específicas antes de que escapen y puedan hacer daño, como alterar el ADN celular. El nivel de peróxido de hidrógeno en las células de los niños autistas era el doble del encontrado en los niños no autistas. Unos niveles tan altos sugieren que los niños autistas están expuestos a mucho estrés oxidativo, algo que podría provocar un daño acumulativo.
Estos resultados hay que tratarlos con precaución. Primero, la muestra es extremadamente pequeña. Segundo, la estadística dice que las enfermedades mitocondriales son mucho más raras que el autismo: se diagnostican en menos de 6 de cada 100.000 personas en Estados Unidos, mientras que el autismo (en cualquier variante) se detecta en 1 de cada 110. Tercero, los intentos anteriores de buscar una conexión entre enfermedad mitocondrial y autismo han encontrado correlaciones mucho menores que la de este estudio. Por ejemplo, un estudio [2] con 69 niños autistas que se publicó en 2005 encontró problemas con las mitocondrias en sólo 5 de ellos. Este dato, que está claro que es claramente mayor que la tasa de enfermedad mitocondrial en la media de la población, indica de todas formas que las mitocondrias defectuosas no son la única causa de los síntomas autistas. Este estudio empleó, eso sí, una muestra del espectro autista más amplia que la de la investigación del equipo de Giulivi, y se centró en células musculares, que tienen perfiles metabólicos muy diferentes a las células nerviosas o a los linfocitos.
También es importante recordar, sobre todo en estudios como este, algo que ya debería ser un mantra: correlación no implica causalidad. Podría haber un tercer factor que provocase tanto los síntomas del autismo como las mitocondrias defectuosas. Si fuesen realmente las mitocondrias las que estuviesen causando el problema aún habría otra hipótesis que habría que comprobar: podría haber elementos externos que pusiesen de manifiesto las debilidades de las mitocondrias antes de lo que serían evidentes en ausencia de dichos factores externos.
Visto lo visto, la única conclusión posible, de momento, es que hay indicios que es necesario investigar más.


Referencias:
[1]
Giulivi, C., Zhang, Y., Omanska-Klusek, A., Ross-Inta, C., Wong, S., Hertz-Picciotto, I., Tassone, F., & Pessah, I. (2010). Mitochondrial Dysfunction in Autism JAMA: The Journal of the American Medical Association, 304 (21), 2389-2396 DOI: 10.1001/jama.2010.1706

[2]
Oliveira G, Diogo L, Grazina M, Garcia P, Ataíde A, Marques C, Miguel T, Borges L, Vicente AM, & Oliveira CR (2005). Mitochondrial dysfunction in autism spectrum disorders: a population-based study. Developmental medicine and child neurology, 47 (3), 185-9 PMID: 15739723

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domingo, 5 de diciembre de 2010

Descubren un “interruptor” molecular que propicia el envejecimiento de las células

PPARs en acción. Fuente: Wikimedia Commons.  


Un equipo de investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard (HSPH), en Estados Unidos, ha descubierto un “interruptor” molecular que puede desactivar algunos de los procesos que protegen a las células contra su envejecimiento.

Según publica la HSPH en un comunicado, este hallazgo podría servir para crear medicamentos que contrarresten el efecto de dicho “interruptor” sobre las células, deteniendo o ralentizando así el desarrollo de ciertas enfermedades metabólicas, como la diabetes de tipo dos, vinculadas al envejecimiento celular.

Acumulación de una proteína

Los científicos pretendían averiguar porqué algunas personas (a menudo aquéllas que son mayores, tienen sobrepeso o son obesas) desarrollan el síndrome metabólico, que se caracteriza por factores de riesgo como los altos niveles de glucosa en sangre, el colesterol, la resistencia a la insulina, el hígado graso o el incremento de grasa abdominal.

Este síndrome predispone a sufrir trastornos del corazón, diabetes de tipo dos y otras enfermedades, incluido el cáncer.

Utilizando ratones genéticamente modificados, Chih-Hao Lee, profesor de genética de la HSPH, y sus colaboradores se centraron en el estudio del papel de una proteína conocida como SMRT (mediador silenciado del receptor retinoides y de la tiroides) en el proceso del envejecimiento celular.

De esta forma, descubrieron que las células envejecidas acumulan más SMRT. Los investigadores quisieron averiguar entonces si la SMRT aumentaba los efectos nocivos del estrés oxidativo de las mitocondrias, que son unos órganulos celulares que hacen las veces de “generadores de energía” para la célula.

El estrés oxidativo es un proceso celular que daña el ADN, las proteínas y las funciones celulares, y que puede propiciar el desarrollo de enfermedades vinculadas al envejecimiento, como el Alzheimer, el Parkinson o la arterioesclerosis.


Chih-Hao Lee. Fuente: HSPH
Chih-Hao Lee. Fuente: HSPH  

Eliminación de la protección celular

Para descubrirlo, los científicos realizaron una serie de experimentos de laboratorio en los que se constató que, en aquellos ratones más viejos, la SMRT actuaba como un “interruptor” que detenía las actividades celulares protectoras que llevan a cabo unos receptores de proteínas conocidos como “receptores activados por proliferadores de peroxisoma” (PPARs). En concreto, los PPARs ayudan a la regulación genética que favorece la quema de grasas, el equilibrio lípido (nivel óptimo de grasa en la sangre) y la reducción del estrés oxidativo.

Por otro lado, los científicos consiguieron reducir los efectos negativos del estrés oxidativo, favorecido por la SMRT, usando antioxidantes o medicamentos que ya se sabía que reactivan las actividades protectoras de los PPARs.

Según explica Lee: “La importancia de nuestro estudio es que hemos demostrado que la SMRT facilita el proceso (de envejecimiento celular por estrés oxidativo)”, y que este proceso se puede parar.

Detener el envejecimiento

Los medicamentos destinados a potenciar las actividades de los PPARs habían sido utilizados anteriormente para incrementar la sensibilidad a la insulina y para reducir los niveles de lípidos en sangre.

Lee señala que este estudio demuestra que estos medicamentos también podrían usarse para potenciar la capacidad del organismo para luchar contra el estrés oxidativo. Según él: “a partir de lo que hemos aprendido, creemos que la SMRT es una de las causas clave del declive de la función mitocondrial. Esta proteína bloquea la actividad de los PPARs”.

Dado que existe una manera de detener ese bloqueo, potenciando la acción de los PPARs, Lee cree que se podrán crear medicamentos que ralenticen el deterioro por envejecimiento celular y, en consecuencia, también el desarrollo de las enfermedades metabólicas vinculadas a dicho envejecimiento. Los resultados del presente estudio aparecen detallados en la revista Cell Metabolism.




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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las células se comunican a distancia a través de nanotubos.

El descubrimiento ayudará a comprender la coordinación celular en la formación embrional o la complejidad del cerebro




Células comunicándose unas con otras a distancia a través de un nanotubo. Foto: Xiang Wang y Hans-Hermann Gerdes.
Células comunicándose unas con otras a distancia a través de un nanotubo. Foto: Xiang Wang y Hans-Hermann Gerdes. 
 

Científicos noruegos han descubierto que las células pueden comunicarse a distancia intercambiando señales eléctricas a través de nanotubos, que son estructuras tubulares de un diámetro extremadamente pequeño (un nanómetro equivale a la milmillonésima parte de un metro).

Dichos nanotubos contendrían proteínas de la familia de la actina, que son unas proteínas que se encargan de formar microfilamentos, además de favorecer otras funciones celulares esenciales, como la movilidad y la contracción de la célula durante la división celular.

Según publica la revista Nature, la comunicación intercelular a través de estos nanotubos implicaría asimismo la formación de “uniones gap”, que son los nexos que permiten la conexión eléctrica entre células.

Mayor conexión celular

El presente descubrimiento podría ayudar a comprender mejor una serie de eventos celulares complejos, como el desarrollo de los embriones o la actividad neuronal, explican los investigadores.

Hasta ahora, se creía que el intercambio celular de señales eléctricas era un sistema de comunicación rápido pero limitado, que se daba sólo en células del corazón y del cerebro.

Sin embargo, dado que se ha descubierto que muchos tipos de células forman estos nanotubos y uniones gap con ellos, parece que la comunicación celular eléctrica podría ser algo generalizado.

Según Hans-Hermann Gerdes, biólogo de la Universidad noruega de Bergen y uno de los autores de la investigación, muchos tipos de células tendrían una especie de “cables telefónicos” que les permitirían “hablar” unas con otras a distancia.

El presente estudio sugiere así que las células emplean la comunicación eléctrica a están más conectadas a través de largas distancias de lo que se creía.

Nanotubos de membrana

Hace seis años, Gerdes y sus colaboradores descubrieron, utilizando un microscopio óptico, la existencia de cables ultrafinos que se estiraban entre células renales.

Entonces, los científicos bautizaron estos cables como “nanotubos de entrecruzamiento” (ahora también llamados nanotubos de membrana). Se descubrió, asimismo, que varios tipos de células podían transportar moléculas a través de estos nanotubos en un plato de Petri (plato utilizado para experimentos de laboratorio).

Sin embargo, entonces no se pudo aclarar cómo las células moldeaban los nanotubos, abrían la membrana de otras células e insertaban en ellas su “cargamento”, a través de estos minúsculos cables.

Los científicos tampoco obtuvieron en aquel momento evidencias irrefutables de la importancia fisiológica de dichos nanotubos.

Ahora, Gerdes y sus colaboradores han conseguido demostrar que los nanotubos permiten crear uniones gap entre las células, algo que tiene sentido dentro de los conceptos biológicos ya conocidos.

Esta demostración se llevó a cabo gracias al uso de técnicas electrofisiológicas, mediante mediciones ópticas del potencial de membrana que fueron combinadas con estimulación mecánica y registros de la actividad eléctrica de las células.

De esta forma, se demostró que se daba un intercambio bidireccional de señales eléctricas entre células renales situadas a distancias de entre 10 y 70 micrómetros.

Resultados similares fueron obtenidos con otros tipos de células, lo que sugiere que la comunicación eléctrica a través de los nanotubos sería una característica generalizada de las células animales, explican los científicos en un artículo aparecido en la revista PNAS.

Los investigadores han demostrado así que los nanotubos creados por las células son atravesados por señales eléctricas que, a su vez, provocan que se abran canales iónicos en la membrana de otras células.

Esta comunicación eléctrica a distancia podría explicar ciertos procesos celulares complejos, como la migración celular coordinada observada en los embriones en desarrollo, señalan los científicos.

Es el caso, por ejemplo, de las células congregadas dentro de dos pliegues para formar el tubo neuronal, precursor del sistema nervioso central, en los embriones de los vertebrados. Hasta ahora, resultaba obvio que estas células se comunicaban entre sí para sincronizar su comportamiento, pero no estaba claro cómo se daba dicha comunicación.

Otros niveles de comunicación celular

La comunicación de señales eléctricas a través de nanotubos supone una alternativa a otros modos de comunicación intercelular, que sí requieren el contacto directo entre las células, explican los investigadores.

Además, este hallazgo sugiere que habría estratos extra de comunicación celular que podrían estar presentes, por ejemplo, en el cerebro humano. Este hecho incrementaría drásticamente la complejidad del sistema neuronal.

En definitiva, la comunicación intercelular no requeriría sólo del contacto directo entre células, sino que éstas podrían funcionar de manera coordinada gracias a una comunicación a distancia. Según los científicos, ahora queda por establecer qué tipo de información fisiológica intercambian las células por esta vía nanométrica.


 Fuente : Nature

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martes, 13 de abril de 2010

Embriología Humana y biología del desarrollo- Carlson


Título: Embriología Humana y Biología del Desarrollo.
Autor: Carlson, Bruce M.
Edición: 3°(2005).
Formato: PDF.

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CONTRASEÑA: futurosmatasanos.blogspot.com

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domingo, 31 de mayo de 2009

Biología de los Microorganismos - Brock 10ed




Contenidos:

1. Microorganismos y microbiología.
2. Visión general de la vida microbiana
3. Macromoléculas
4. Estructura de la célula y funciones.
5. Nutrición, cultivo y metabolismo de los microorganismos.
6. Crecimiento microbiano.
7. Principios de biología molecular microbiana
8. Regulación de la expresión génica
9. Fundamentos de virología.
10. Genética bacteriana.
11. Evolución microbiana y sistemática.
12. Diversidad procariótica: Bacteria.
13. Diversidad procariótica: Archaea
14. Biología de la célula eucariótica y microorganismos eucarióticos.
15. Genómica microbiana.
16. Virus de bacterias, de plantas y de animales.
17. Diversidad metabólica.
18. Métodos en ecología microbiana.
19. Hábitats microbianos, ciclos de nutrientes e interacción con plantas y animales.
20. Control del crecimiento microbiano.
21. Interacciones hombre-microbio.
22. Fundamentos de inmunología.
23. Inmunología molecular.
24. Microbiología clínica e inmunología.
25. Epidemiología.
26. Enfermedades microbianas transmitidas de persona a persona.
27. Enfermedades microbianas transmitidas por animales, por artrópodos y a partir del suelo.
28. Tratamiento de aguas residuales, potabilización del agua y enfermedades microbianas transmitidas por el agua.
29. Conservación de alimentos y enfermedades microbianas transmitidas por alimentosCapítulo
30. Microbiología industrial y biocatálisis.
31. Ingeniería genética y biotecnología.
Apéndice 1. Cálculos de energía en Bioenergética microbiana.
Apéndice 2 Manual de Bergey de Bacteriología sistemática.



Autores: Michael T. Madigan, John M. Martinko
Editorial: Pearson Educacion
Fecha: 2004
Tamaño : 96 Mb


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jueves, 29 de noviembre de 2007

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